Descripción
Era cierto. Me lo confirmaron cuando ya había vuelto. Los abuelos de antes, me lo contaron, ya aseguraban que la luna de enero es diferente, muy diferente en estos valles.
Hacía tiempo que deseaba conocer Caserras del Castillo, pueblo arruinado como tantos otros en aquellos planes de progreso, embalses y nuevas carreteras que desde los años 50 sentenciaron sin remedio a unos u otros al olvido o a la prosperidad.
Para llegar desde Benabarre es preciso tomar la carretera dirección Lérida y al poco de entrar en una larga recta que presenta el llano, desviarse a la izquierda hasta Estopiñán. Antes de llegar, una pista que se desvía a la izquierda señalada por los restos de una antigua mina de manganeso nos indican la dirección a Caserras, a unos siete kilómetros aproximadamente.
Por lo general un pueblo abandonado entierra bajo sus piedras caídas toda la memoria. Al pasear por calles cubiertas por maleza no se encuentran puertas, cerradas por llave de alguien que aún pensaba en volver algún día. En algún sitio, quizás en el fondo de un cajón en casa extraña, alguien guardó una llave que hoy nadie sabe que puerta abre.
Hay pueblos abandonados que al pisar la tierra se siente cuanto yace enterrado. La mayoría están ubicados en crestas rocosas y atalayas desde donde se vigila o se defiende. Los campanarios derruidos fueron a su vez antes torres derruidas. En ellos presientes la continua amenaza: del invasor o de la miseria que crece en la roca arrancada para fajas o bancales de antiguos huertos sin más agua que la que cae del cielo.
En estos pueblos se respira el sudor y la sangre, incluso aparecen en la neblina de los tiempos, sucios perros vagando entre las casas abiertas. Se llega a presentir porque los viajeros daban rodeos para no acercarse, aislando a sus habitantes y tierras, condenados por pestes y calamidades.
En otros pueblos deshabitados atrapa una cadencia serena. Fueron lugares elegidos, más propios de tierra prometida para unos pocos que a lo mejor huían y creyeron en una vida nueva. Lo que fueron campos de labor todavía conservan las curvas trazadas de cantos rodados, almendros alineados con paciencia, un olvido en remanso, dulce, como el eco de aquellos que se sentaban al sol en los bancos de piedra.
Caserras es un pueblo que recuerdan las gentes de estos valles. Su nombre está relacionado con la Fiesta Mayor, el santo patrón y populares romerías. Siempre hay un tozal, un mirador privilegiado en los pueblos cercanos desde donde esperaban los vecinos el día señalado a los famosos gaiteros de Caserras, grupo formado por una gaita de fuelle y dos dulzainas.
En Graus, Torres del Obispo, Castarlenas y en otros pueblos de la comarca, el anuncio, el comienzo de procesiones y día de fiesta lo marcaban los gaiteros que venían desde Caserras. Atentos, expectantes, un grupo de chiquillos competían a ver quien divisaba antes por el camino a los esperados músicos.
De aquello nada queda. Como en los lugares donde ha sobrevenido una catástrofe o accidente las cintas que impiden el paso y los carteles avisando de peligro rodean al pueblo. Los gaiteros que llevaban música y alegría actuaron por última vez en 1911. Desde entonces, el pueblo que llegó a tener un millar de habitantes, ayuntamiento, escuela, bar, herrero, sastre, molinos de grano y aceite, central eléctrica, se ha convertido más que en un pueblo fantasma en un montón de cascotes.
Cuenta la leyenda reciente, no sé que habrá de cierto, que fueron los mismos vecinos de Caserras los que se llevaron las tejas, acelerando la ruina. No dejaron mucho para aquellos que visitaban los despojos, las calles desiertas, y arramblaban con cualquier recuerdo que adornara un jardín, un museo o el recuerdo de una excursión dominguera.
El último que nació en el pueblo, Javier, fue en 1961. El último que cerró su casa, lo ignoramos. A saber qué pensamientos y recuerdos le asaltarían contemplando el profundo valle y la silueta de la majestuosa sierra de Montsec, sus desfiladeros y caminos, salpicados por abruptos roquedales y de formaciones tan míticas como las murallas de Finestres.
Recuerdo que a la entrada del pueblo encaramado en una colina hay un amplio abrevadero, hoy de fuente callada que parece aguardar el eterno descanso, la paz que ocupa las casas deshabitadas. En lo alto, la torre antigua que conquistó el legendario Arnau Mir de Tots en 1037 se resiste a ser vencida por el olvido. El resto, intransitable, oculto entre zarzas y montones de piedras.
Fue grande Caserras. Recientemente algunos de sus hijos han creado la Asociación “So Nostre”, fieles a su lejana memoria, reviviendo en el último fin de semana de agosto la fiesta mayor, apartando ruinas y decadencias, insistiendo, devolviendo al eco de los valles los sonidos de gaitas y dulzainas, afuera pesares y desarraigo.
Regreso con la sensación de haberme extraviado y de haber olvidado despedirme de alguien. Tal vez porque no vale la pena prometer que volveré de visita. Sin saber a que razón responde, la mirada vuelve hacia atrás. La luna de enero se desliza, la misma que los que ya no están la creyeron para siempre desde sus ventanas, confiados, sin imaginar que hoy ni tejados, ni gaitas, ni ilusiones reciben al caminante.
|