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| El lugar de Anzano pertenece a la localidad de Esquedas de la que dista apenas un par de kilómetros en dirección noreste. Esa es también la distancia a recorrer desde la carretera Huesca-Ayerbe por pista que sale a nuestra derecha mil doscientos metros antes de llegar a la Venta del Sotón.
Con la sierra y pico de Gratal como telón de fondo, nos reciben nada menos que dos iglesias románicas en formación y al fondo una caserón aragonés que fue casa-palacio edificada sobre castillo medieval. Todo ello a la orilla derecha del río Venia.
Lugar cuyo topónimo sin duda evoca antecedentes romanos y que a tenor de las ruinas contempladas habla de un pasado glorioso que en la actualidad, tenaz, se resiste a ser silenciado a pesar de las advertencias de ser lugar privado y de andar sueltos “peligrosos perros”.
Citado en 1104 en el cartulario de Montearagón a propósito de concordia entre el obispo de Huesca y el abad de aquél lugar. Lugar militar sin duda, en el que se conoce a Castán de Biel y Ramón de Larbesa como tenentes entre los años 1110 y 1149. Pedro II cedió la iglesia al obispado de Huesca.
En 1502 Ramón de Espés edificó la casona aragonesa sobre la antigua plaza fortificada. Más adelante la heredarían los condes de Sástago.
Hay, como se apunta, dos templos de época románica. El primero que nos recibe de planta cuadrada y cabecera recta reconvertido en almacén para cereal. El segundo, otra gloriosa ruina de nuestro vasto patrimonio quizá propiciada por la incultura o necesidad de unos y el aprovechamiento de otros.
Su portada sur fue vendida al museo Marés, desmontada y trasladada al mismo. También el tímpano de la portada oeste, al parecer procedente de la desaparecida portada de lo que hoy es granero, según Ricardo del Arco.
Lo cierto es que carente de la portada, el templo es hoy ruina, abandono y motivo de vergüenza y pena ante lo que del mismo resta.
El templo fue de nave única de unos 20 x 7 metros, rematado a oriente por ábside cilíndrico provisto de tres vanos aspillerados y derramados al interior. Poseyó dos portadas. La meridional en un cuerpo adelantado, ricamente adornada -esa fue su perdición- con baquetones, puntas de diamante y triángulos formando zig-zag al estilo lemosino, como las de Salas, Foces o su referente, la Seo Vieja de Lérida. Hay que ir a verla al Museo Marés.
La occidental, con arquivoltas y capiteles que milagrosamente aún permanecen allí, tuvo en su tímpano el que representa la coronación de la Virgen por dos ángeles y que según Ricardo del Arco procedía del templo contiguo.
En su afán viajero, también marchó al citado museo catalán.
Al interior, donde hoy medran las higueras y la maleza, su nave poseía tres tramos señalados por otros tantos fajones apuntados y doblados alzándose sobre semicolumnas adosadas a pilastras flanqueadas por pequeñas columnillas. En altura, capiteles con elegante decoración vegetal.
En la cabecera, enmarcada por el primer fajón en funciones de arco triunfal, tres vanos derramados entre los que dos semicolumnas adosadas dan pie a sendas nervaduras que confluyeron con aquél en su clave. La imposta de la nave, a nivel del ábaco de sus capiteles, se continuaba en el ábside, trazando elegante círculo sobre los capialzados de sus vanos. Elegancia del XIII trocada en ruina.
La iglesia que permanece en pie, quizás por su sobriedad edificativa y ante la falta de elementos que expoliar, es de planta cuadrada y cabecera recta de la que se han desprendido los sillares de su lienzo exterior, actualmente enfoscado con cemento y reforzado con contrafuerte. Canecillos panzudos sustentan la cornisa.
Hubo dos portadas. La de poniente reconvertida en gran puerta para permitir paso a maquinaria agrícola. Otra al norte, discreta.
Al interior, entre el cereal se advierten cinco tramos delimitados por cuatro arcos-diafragma apuntados erigidos sobre semicolumnas con capiteles lisos, cistercienses. Hay vano derramado -cegado- en altura de la cabecera y otro en el presbiterio sur. Y restos de dos capillas en el muro del tramo central.
¿Por qué dos templos tan próximos?. Evocan a los vistos en la localidad cincovillesa de El Bayo, uno de los cuales, inconcluso, guarda parecido formal con el derruido (Ver más información).
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