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Descripción
Lascuarre, topónimo vasco que significa “arroyo o barranco rojo” ya aparece en las crónicas árabes como primera línea defensiva frente a las posiciones cristianas de Roda, Güel y Fantova. De esta época de confusas fronteras quedan las ruinas de la Torre de los Moros que controlaba el Valle de Isábena, y el Castillo de la Mellera para avisar de las incursiones provenientes por el sur desde Benabarre.
Decisiva era la conquista de esta plaza para avanzar hacia Graus y Barbastro, y tras el fracaso de Sancho III el Mayor, rey de Navarra, sería Ramiro I quien lo conseguiría con la ayuda de Arnau Mir de Tost, figura clave de la expansión cristiana en La Ribagorza.
En los cimientos de un antiguo castillo del siglo VIII, del que se conservan galerías y pasadizos subterráneos, se levantó la iglesia de Santa María, templo gótico del siglo XVI de grandes dimensiones. Presenta un pórtico renacentista, de columnas corintias y una galería con arcos de medio punto de ladrillo, acorde con el estilo de los palacios aragoneses renacentistas. Su imponente torre consta de cuatro cuerpos con un remate piramidal. Al lado del templo, junto a las ruinas de la abadía, se levanta en una pequeña plaza un peirón o humilladero, un rincón con encanto donde la mirada alcanza las cumbres nevadas de los Pirineos. Próxima a la iglesia se conserva la ermita románica de San Martín (s.XII), sobria construcción de una nave con ábside a oriente.
Las ermitas, construcciones sencillas, populares, nos van señalando las principales rutas en estas tierras de frecuente tránsito. Mezclas de culturas y saberes, cruces de caminos y parada elegida para contemplar. Cerca de Lascuarre se encuentra los restos románicos de la pequeña ermita de San Vicente; en la aldea de Salanova se halla la humilde ermita de San Macario; en Sagarras Altas, la ermita de Santa Lucía; a 100 metros de Lascuarre, los restos, las piedras labradas en la ermita de la Santa Cruz.
Historia guerrera de conquistas y búsqueda del retiro en la naturaleza no conocida, inexplicable a menudo. Aún a la entrada del pueblo se divisan los restos del antiguo convento de los trinitarios de 1560, aquellos monjes dedicados a la redención de cautivos. Desde aquí, el mismo camino acerca a la Torre de los Moros, puesto defensivo.
Volvemos al peirón, reposa el viajero, van cambiando las nubes la curva del cielo.
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